Vanessa Benadero Ferrando

Colaboro en Centro Uno desde hace aproximadamente 3 años, y en ese período de tiempo el equipo ha recibido casos de obesidad en adultos, anorexia y bulimia, aunque aquello de “casos” hace referencia a la pluralidad, por ello, tratándose de esta unidad, es más acertado hablar de la demanda de cada persona, términos que resaltan la singularidad del sujeto, elevándola a un primer plano. Encontramos que esta demanda es siempre doble ¿y por qué? Bueno, por una parte estaría la demanda imperiosa relacionada con la dificultad alimenticia, el peso, la imagen… y por otra parte, una demanda que hace referencia al deseo, la que solo aparece cuando se está dispuesto a escuchar más allá de las necesidades biológicas, básicas y superfluas que presenta el paciente. Serían como las dos caras de una misma moneda, pues ambas por separado son relevantes pero insuficientes. La cara de la necesidad se ajustaría más a los criterios diagnósticos de manual - donde se clasifican y homogenizan estos desórdenes - y la segunda cara, el deseo, sería la que apunta a la diferenciación individual.

Pero retomando el principio de este escrito, donde mi recorrido en Centro Uno me había puesto en contacto con demandas por vía de la anorexia, la bulimia y la obesidad en adultos, me planteé una pregunta… ¿y qué hay de la obesidad infantil? A pesar de que las estadísticas apuntan cifras cada vez más elevadas, siendo España, según el Instituto Médico Europeo de Obesidad, uno de los 10 primero países de mayor obesidad infantil (24%), las consultas que llegan a la unidad son por otros desórdenes alimentarios.

Sabemos que un cuerpo huesudo genera alarma y preocupación en la sociedad, incluso no se duda en atender la salud física y psíquica de la persona, sin embargo, cuando se trata de un cuerpo infantil del lado del exceso, en el cual pueden producirse alteraciones severas de desarrollo (pubertado precoz, por ejemplo) y enfermerdades crónicas (diabetes, enfermedades cardiovasculares, etc.) esta inmediatez o urgencia de intervención no se hace tan notable. Es en este punto en donde se plantean varias cuestiones que me gustaría compartir con los lectores: la obesidad infantil ¿no es algo que genera sufrimiento? ¿no es algo que angustia al otro? ¿qué hace que a pesar de ser otra de las epidemias de este siglo, no llegue a ser formulada como consulta en el psicólogo?

Dichos interrogantes apuntan a la labor del psicólogo en materia de obesidad infantil, ya que quizás sea necesaria una cierta sensibilización en los progenitores, pues en definitiva, por tratarse de pacientes menores, son quienes pueden acceder a los dispositivos especializados y establecer límites a los hijos. No obstante, el papel de los adultos como principales colaboradores en el tratamiento no puede nublar las cuestiones propias a resolver del niño, quien también tiene algo que aportar a su posición obesa, sino ¿qué sentido tendría trabajar con él en consulta si lo percibimos como alguien pasivo a su dificultad?

En resumen, es importante abandonar la idea de que un “niño gordito” es equivalente a un “niño sano y fuerte”, de manera que las familias consideren necesaria la intervención de profesionales y demanden ayuda. Una vez dado este paso, el tratamiento psicológico está orientado a trabajar tanto con los propios padres como con el niño.